domingo, 8 de marzo de 2009

El tiempo sagrado

Tan sublime y perfecta es la inmensa montaña, imperturbable frente a nosotros, como el sutil y perfecto es el canto del pájaro en la mañana.

El espacio sagrado muestra la armonía estática del universo. El tiempo sagrado muestra la armonía dinámica de la creación.

El segundo eje sobre el que se construye nuestra realidad es el tiempo. El tiempo es una percepción que solo podemos ponderar por medio de la percepción de cambios externos a nosotros. La intuición del “Panta Rhei” de Heráclito, “todo fluye”, no es más que una constatación de la existencia de la existencia del tiempo como factor de cambio permanente a nuestro alrededor. Podemos diferenciar entre tiempo “físico” o científico y tiempo vivencial o “humano”. El tiempo físico es una magnitud cuantizable, medible, comparable, mientras que el tiempo humano es una percepción personal. Esta percepción personal se basa en los eventos que suceden y en nuestra relación con ellos.

Pasemos al concepto de tiempo sagrado. Podemos definir tiempo sagrado como cualquier sucesión de eventos por medio de los cuales nos acercarnos a la Divinidad, a Dios. En este punto nos encontramos con una incongruencia… si Dios es inmutable, ¿Cómo podemos acercarnos o unirnos a El mediante el tiempo? Esta aparente incongruencia se desvela si lo comparamos con el concepto de espacio sagrado. Si Dios es absoluto ¿Cómo se desvela o une a nosotros por medio de un espacio limitado? En el espacio sagrado, decíamos que la armonía que encontramos en el universo se transfiere mediante analogías a un espacio físico. Mediante estas analogías estáticas y la armonía implícita en ellas, damos pasos para acercarnos a Dios. Con el tiempo pasa lo mismo: todo lo que nos rodea acontece secuencialmente en cadenas de causas y efectos. Si recreamos estos ciclos mediante la sucesión de acciones personales y/o colectivas, nos sentimos formar parte del universo. En esta sincronización hombre-universo hacemos nuestros los ciclos universales y mediante estos ciclos, nos acercamos a Dios.


En el Prefacio al volumen XI de su obra "Opera Omnia", Benedicto XVI nos ilustra el sentido cósmico de la Liturgia con esta certera frase:  “el carácter cósmico de la Liturgia representa algo más que la simple reunión de un grupo más o menos grande de seres humanos; la Liturgia se celebra en la amplitud del cosmos, abraza creación e historia al mismo tiempo". El cristiano sabe que en el cosmos Dios ha dejado su huella creadora y que esa huella es sagrada. Es decir, el cosmos nos acerca a Dios, porque es obra de su amor inifito.

En lo ciclos universales encontramos todo el sustrato de orden dinámico que sostiene el universo. Orden no tiene un único aspecto ligado a lo inmutable. Existe orden en toda causa que da lugar a un efecto. Este efecto puede ser causa que dará lugar al siguiente efecto y así hasta el infinito. Causa y efecto están ligados en un orden inmutable representado por las leyes universales. Este orden excede el primario concepto de inmutabilidad que solemos tener y plasmar en el concepto de Divinidad. Contemplando el orden cíclico y las leyes que lo mantienen, nos acercamos mediante analogías o símbolos a la perfección divina.

De igual forma que un templo muestra la armonía estática del universo, en los ritos recreamos por analogía y simbolismo, el orden dinámico universal. Hablar de tiempo sagrado es hablar de ritos y rituales. Ritos que van desde un sencillo gesto hasta los grandes ciclos litúrgicos que se desarrollan durante uno o más años… o durante toda una vida. Participar en los ritos nos permite unirnos simbólicamente a la Voluntad de Dios por medio de nuestra participación en estos ciclos. Los simbólico es real como la vida misma, siempre que se haga vida en nosotros. Jean Hani [2] en su libro “Simbolismo del templo cristiano nos indica”:

… el año litúrgico es una reactualización siempre repetida de la vida de cristo y, por ello mismo, una regeneración individual del individuo. Por la repetición cada año del ritual, nos convertimos, de algún modo, en contemporáneos de Cristo y nos incorporamos, poco a poco sus misterios, hasta que El se «haya formado en nosotros (Jean Hani, Simbolismo del templo cristiano)

Otro pasaje interesante del mismo libro indica que:

La liturgia anual se nos presenta como un «sacramento del tiempo»; ella integra el tiempo, el cual, si no, significa pura dispersión, en una perspectiva espiritual, mostrando que él es una de las formas que reviste la manifestación cósmica del Verbo Divino, y ella nos permite así «redimir el tiempo», según al viva expresión de San Pablo (Jean Hani, Simbolismo del templo cristiano)

Pero debemos ser conscientes que los ciclos se integran en la liturgia por medio de los simbolismos. Podemos tomar como ejemplo el siguiente texto de Mons. Klaus Gamber[2]:
En la breve descripción litúrgica del segundo libro de las Constituciones apostólicas, que son unas instrucciones del Siglo IV, se menciona igualmente que hay que ponerse de pie para rezar y volverse hacia el Oriente. El libro octavo nos aporta la apelación del diácono: "¡Poneos de pie hacia el Señor!". Como se ve, aquí también hay un paralelismo entre el hecho de mirar hacia el Oriente y el de volverse hacia el Señor.

La costumbre de rezar en dirección al sol naciente es inmemorial, como igualmente lo ha demostrado Dólger; se la encuentra tanto entre los judíos como entre los romanos.

Por ello el romano Vitrubio, en su tratado sobre arquitectura, escribe: "Los templos de los dioses deben estar orientados de tal forma que la imagen que se encuentre dentro del templo mire hacia el ocaso, para que los que vayan a hacer sacrificios estén vueltos hacia el Oriente y hacia la imagen; y así al hacer sus oraciones vean todo el conjunto, el templo y la parte del cielo que está a levante, y que las estatuas parezcan levantarse con el sol para mirar a los que rezan durante los sacrificios.


Para Tertuliano (hacia el 200 D.C.) la oración hacia Oriente es cosa evidente. En su librito "Apologética ", menciona que los cristianos "rezan en dirección al sol naciente" (c.16). Esta orientación de la plegaria se señaló muy pronto en las casas por medio de una cruz en el muro (
Mons. Klaus Gamber. El altar católico)

Podríamos pensar que la Liturgia que puede ser creada sin más, a voluntad de las personas que tienen la capacidad de ello. Pero no se trata de esto. La Liturgia y las tradiciones asociadas tardan siglos en ir madurando, incorporando elementos y sintonizando con las personas que la viven. Una vez creada es necesario instruir a los fieles para que sean capaces de entender y vivir la Liturgia. Vivirla sin que la participación tenga que ser intervención. Es decir, que puedan hacerse parte integrante del tiempo sagrado y vivilo en su interior.

Cuando un los creyentes pierden la noción y el entendimiento del tiempo sagrado, olvidan el significado de los símbolos empleados y trasladan el centro de gravedad de su Fe desde la sacralidad al pragmatismo inmanente. Cuando se pierde el sentido del rito, se pierde uno de los dos ejes que liga nuestra realidad con Dios a través de la sacralidad. Si también se ha perdido el eje espacial, solo nos queda un vínculo con la Divinidad: nuestro interior. Si perdemos el lazo interior, se rompe todo puente hacia Dios, que es lo que está pasando en estos momentos. Roto el puente, la Divinidad y el ser humano se separan irremisiblemente. Todo lo que nos rodea pierde su capacidad de darnos muestras de Dios, con lo cual nos veremos arrastrados al infierno de lo inmediato, práctico y pragmático. Nos convertimos la agnosticismo socio-cultural que nos venden como cristianismo actual.


[1] Simbolismo del templo cristiano (1978). Hani, Jean. José Olañeta editor.
[2] El altar católico. Mons. Klaus Gamber. Tomado del la web: http://www.unavocecadiz.org/pdf/vueltoshaciaelsenor.pdf

1 comentario:

Totús dijo...

Hablando de Dionisio Borobio y sus trilogía de La Celebración en la Iglesia, hallé el siguiente párrafo:
La liturgia hace presentes los misterios de la vida de Jesús en el tiempo que ha seguido a su glorificación, una vez que el Señor resucitado ha vencido las leyes y las limitaciones del tiempo.
El tiempo litúrgico es un nuevo Kairós.
En este sentido, los tiempos litúrgicos no son mera evocación o recuerdo, ni siquiera mera circunstancia... la liturgia presencializa la vida de Jesús.
Como dices, perdida esta noción del tiempo sagrado, perdemos ese "espacio en el tiempo" donde nuestro tiempo y el de Dios se funden.
Gracias por tu entrada al blog, está fenomenal.

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