jueves, 4 de mayo de 2017

¿Cómo es la Iglesia? ¿Diversa, plural o coherente?

La Tradición Apostólica señala que la Iglesia es UNA. No dice nada de que sea diversa y menos que sea plural (iglesias). Los diversos y plurales somos cada uno de nosotros. Cada cual con su carisma, dones y limitaciones. Cristo, por medio de la Iglesia (UNA) nos llama NEGARNOS a nosotros mismos y poner lo que nos diferencia (personas) en beneficio general de la Iglesia. Este es el sentido de la fraternidad a la que nos llama el Señor.

Si entendemos la Iglesia como diversa o plural, andamos hacia la atomización, fragmentación que es fuente de conflicto inmediato en lo inmediato y cisma en lo trascendente. La diversidad que genera grupitos y tendencias, que se separan de las demás, nunca es una riqueza. Hay que releer lo que pasó en la Torre de Babel, y compararlo con los efectos que tuvo el Espíritu Santo en los Apóstoles.

En el caso de la Torre de Babel, las obras-estructuras humanas que se crean para llevar a Dios, dan lugar a la división. Tras la efusión del Espíritu Santo, los diversos (Apóstoles) se integran en la obra de Dios dejando sus proyectos, gustos y preferencias a un lado. La Iglesia no es la de Pablo, Apolo o Pedro, sino la de Cristo. La Iglesia no es un conjunto de grupos que se ven a sí mismo como el Fariseo antes de repudiar al Publicano. Más bien deberíamos ser una multitud de Publicanos, arrodillados juntos, mirando al Señor y pidiendo perdón.

El problema actual es que ya estamos tan fragmentados y doloridos con los continuos enfrentamientos, que nadie quiere dejar su iglesita grupal y/o personal. La realidad es que detrás de todo enfrentamiento hay dolor, mucho dolor. Nos cuesta ver el dolor ajeno, porque ponemos por delante el dolor que sentimos en nosotros. Nos resulta fácil definir como malicia, el dolor ajeno, pero nos resulta imposible ver la malicia en nuestros repudios e indiferencias. Somos humanos construyendo Torres de Babel que quieren llegar a Dios. Estamos destinados al fracaso y no lo queremos ver.

Nos repele eso de "negarse a sí mismo y tomar la cruz", para poder seguir a Cristo. Preferimos reafirmarnos en lo que somos, buscar los similares y apartarnos a vivir la fe (socio-cultural) en el grupo de similares que me rodean. ¿Y los demás? ¿Qué pasa con quienes no están "dentro"? En el mejor caso les ignoramos, en el peor caso, les insultamos y repudiamos por no ser como "nosotros": los "elegidos" o los "seleccionados" para ser ejemplo de los demás.


¿Qué postura debería guiarnos entonces? Dejar de construir estructuras para llegar a Dios y por el contrario, rogar a Dios para que nos integre con aquellos diferentes que tanto nos repelen, en UNA Iglesia verdaderamente Unida. Una Iglesia que deje las formas del mundo a un lado y se dedique a caminar hacia Cristo. Si cada uno de nosotros quiere integrarse en una ONG o en un Partido Político o en una asociación solidaria, que lo haga. No hay problema construir obras humanas para el ser humano. Cada cual hará lo que mejor sabe para ayudar a su prójimo, amándolo como a sí mismo. Pero antes hay que amar a Dios sobre todo y todos. Incluso amarlo por encima de nuestra diversidad personal. El problema es construir obras humanas para llegar a Dios. Ahí donde aparecen los enfrentamientos y el dolor. Dolor por imponernos un sesgo de fe o por sentir que les damos igual a quienes teóricamente son nuestros hermanos. 

jueves, 27 de abril de 2017

La soledad del creyente fiel. San Agustín

Sobre cada miembro del "resto fiel" pesa la soledad de verse rechazado o ser considerado como sospechoso por sus hermanos de fe. Cuando nuestra vida de fe no está basada en estrategias, ni se confía en las estructuras humanas, nos convertimos en sospechosos. Pero no veamos sólo el dolor que llevamos dentro, miremos en la oportunidad que nos ofrece el Señor. La soledad es una oportunidad de crecer en Esperanza y darse cuenta del maravilloso don que es la Comunión de los Santos. No estamos solos aunque nos obliguen a vivir la fe de forma silenciosa y guardar las distancias para no molestar. ¿Qué debemos temer? Tan sólo el tenemos que temer el miedo y la desesperanza. 

Guíame, Señor, en tu camino, y caminaré en tu Verdad. Cristo es tu camino, tu Verdad y tu Vida. Luego el cuerpo va hacia él, y el cuerpo viene de él. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Guíame, Señor, en tu Camino. ¿En qué Camino? Y caminaré en tu Verdad. Una cosa es guiar hacia el Camino, y otra guiar en el Camino. Ves a un hombre en total pobreza, que necesita urgente ayuda. Los que están fuera del Camino no son cristianos, o todavía no son católicos; que sean conducidos al Camino; pero tan pronto como fueren llevados a él, y se hayan hecho católicos en Cristo, sean guiados por él en ese mismo Camino, para que no caigan. Cierto que ya andan por el Camino. Guíame, Señor, en tu camino: ya estoy realmente en tu camino, guíame en él. Y andaré en tu verdad. Siendo tú quien me conduces, no erraré; si me abandonas, me equivocaré. Ruega, pues, para que no te abandone, sino que te guíe hasta el fin. ¿Cómo guía? Aconsejándote continuamente, dándote siempre la mano. Y el brazo del Señor ¿a quién ha sido revelado? Al darte a su Cristo, te da su mano; y al darte su mano te da a su Cristo. Guía hacia el camino llevando hacia su Cristo. Guía en el camino llevando en su Cristo, y Cristo es la verdad. Luego guíame, Señor, en tu camino, y andaré en tu verdad. En aquel, por cierto, que dice: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Si guías en el Camino y en la Verdad, ¿adónde llevarás, sino a la Vida? Luego en él guías hacia él. Guíame, Señor, en tu Camino, y andaré en tu Verdad. (San Agustín. Comentario al salmo 85, 15)

El desamparo y soledad del creyente fiel hace que nos adentremos en las periferias. Periferias eclesiales donde podremos vivir alejados del ruido que el mundo produce dentro de la Iglesia. Podremos concentrarnos en el silencio, donde se oye la voz de Dios. En el Silencio nos encontramos con Dios. El Silencio es la forma en que nos habla Dios. El Cardenal Sarah nos dice en su reciente libro, La fuerza del Silencio: «El primer lenguaje de Dios es el silencio», «Todo lo demás es una pobre traducción. Para entender este lenguaje, debemos aprender a ser silenciosos y a descansar en Dios». No cabe duda que Dios nos pide silencio y con ello nos somete a la gran prueba de hablar con nuestra vida en vez de con la boca y las acciones socio-culturales. La sabia prudencia anida en el silencio de quien dice todo, sin abrir su boca.

Una iglesia ruidosa evidencia que hay mucho vacío y en el vacío todo resuena y reverbera haciendo imposible comunicarse. El ruido es es utilizado por el maligno utiliza para desorientarnos y entretenernos con lo superficial. No lo decimos nosotros. Tal como dice Pablo VI, “algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar” y a “excavar abismos en vez de colmarlos”. Decía San Agustín que lo importante es que Cristo sea Quien nos conduzca. Si es así, no tenemos nada que temer.

 ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿Tribulación o angustia o persecución o hambre o desnudez o peligro o cuchillo? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo: Somos estimados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, Ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Rm 8, 35-39)

Podemos fijarnos en las profecías y mensajes que hemos recibido de la Virgen y del Señor en los últimos siglos. En ellas, curiosamente, se señala el mal del activismo social-cultural y en cambio se pone primacía la piedad y los actos simbólicos. Hoy en día damos muy poco valor al simbolismo de nuestras acciones. ¿La razón? Asimilamos simbólico a falso o aparente, debido a que pensamos que cualquier acto que no sea físico y cuantizable, es falso, un simulacro. Pablo VI habla precisamente de esto y señala el problema del mal que ha inundado la Iglesia: “Ha entrado la duda en nuestras conciencias y ha entrado a través de ventanas que debían estar abiertas a la luz: la ciencia”. Es cierto. La duda, la incertidumbre de lo simbólico ha entrado por medio del empirismo científico. La verdadera ciencia se basa fundamentalmente en modelos simbólicos que explican los fenómenos. Por lo tanto, lo que nos han vendido como ciencia no es tal, sino una pseudo ciencia qué sólo es un empirismo desnudo que nos deshumaniza.

Para colmo, la postmodernidad lo empeora todo, llevándonos a despreciar el entendimiento, la comprensión y la trascendencia. La postmodernidad señala que el entendimiento es falsedad, mientras que se eleva a certeza, la emotividad. Nos dice que somos lo que sentimos ser. Si objetamos con razones evidentes, nos encontramos como respuesta el emotivismo llevado a prueba absoluta del ser. Hoy en día hablar de lo que “yo siento” es dogma de fe personal. Contradecir lo que una persona“siente”, es un terrible pecado social contra la tolerancia. Si damos tanto valor a lo que sentimos, es fácil comprender que el sentimiento de pertenencia a un grupo social sea un objetivo primordial en nuestra vida. Actualmente las comunidades cristianas se cimientan en el emotivismo que genera un sentimiento de exclusividad ligado al segundo salvador de cada grupo. Si se te ocurre nombrar en una reunión a alguien que no sea el fundador del grupo/movimiento/sensibilidad, serás rápidamente llamado al orden. La pertenencia conlleva ajustarse del modelo del segundo salvador y dejar al verdadero Camino, que es Cristo, en segundo plano.

El humo del maligno nos ciega y nos impide ver más allá de la pertenencia social. La luz sólo parece llegar a través del segundo salvador, por lo que cualquiera de señale otro punto de referencia, es reprendido. 


jueves, 20 de abril de 2017

Buscar al mundo como solución cuando la Solución es Cristo. P. Steffano Gobbi

El P. Stefano Gobbi fue un sacerdote italiano que durante su vida recibió una gran cantidad de locuciones provenientes de la Virgen. No entro en la veracidad o no, de los mensajes recibidos por el P. Gobbi, ya que la Iglesia no se ha pronunciado a favor ni en contra de ellos. Es cierto que el P. Gobbi tuvo una cercana amistad con el Papa Juan Pablo II y que le tenía en gran estima. El Movimiento Sacerdotal Mariano, fundado por el P. Gobbi, tiene atractivos innegables, como su fidelidad a Cristo y la Virgen María. También dice mucho de este movimiento que no se haya convertido en un movimiento estructural dentro de la Iglesia. Esto propicia que sus integrantes estén menos “protegidos” y pongan la confianza principalmente en la Virgen y no en el poder de prelados presentes en la jerarquía.

Ahora, también es necesario indicar que es necesario ser crítico y discernir bien hasta donde los mensajes proféticos pueden degenerar en mileniarismo y con ello, en una espesa red que condiciona anímicamente la fe. La fe debe ser vivida con esperanza y sin estar esperando el final de los tiempos. Cristo fue especialmente claro en este punto, cuando fue preguntado por “la fecha” del final:

¿Cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo? Tened cuidado de que nadie os engañe —les advirtió Jesús—. Vendrán muchos que, usando mi nombre, dirán: “Yo soy el Cristo”, y engañarán a muchos. Oiréis de guerras y de rumores de guerras, pero procurad no alarmaros. Es necesario que eso suceda, pero no será todavía el fin. (Mt 24, 3-8)

Ante la insistencia de los Apóstoles, dejó muy claro que no les iba a revelar el día:

Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. La venida del Hijo del hombre será como en tiempos de Noé. Porque en los días antes del diluvio comían, bebían y se casaban y daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca; y no supieron nada de lo que sucedería hasta que llegó el diluvio y se los llevó a todos. Así será en la venida del Hijo del hombre. (Mt 24, 36-39)

Entonces, cuidado con las profecías que nos puedan llevar a desear el final de los tiempos. Cuidado si empezamos a hacer caso a más y más videntes que conjeturan, señalan o propician que creamos que saben cuándo sucederá el fin de los tiempos. Nadie lo sabe. Hay que vivir como si cada día fuera el último día, sabiendo que cada día más es un regalo del cielo y una oportunidad para ser fieles a Cristo. Dicho todo esto, me permito citar un pequeño trozo de una de las locuciones del P. Gobbi, ya que nos ayuda a adentrarnos en el momento que vivimos actualmente:

[Habla la Virgen] Mi Corazón Inmaculado está herido, al ver cómo alrededor Suyo, se difunden el vacío y la indiferencia; la rebelión por parte de algunos pobres hijos Míos, obispos, sacerdotes, religiosos y fieles, y la oposición soberbia a su Magisterio. Por eso hoy Mi Iglesia es lacerada por una profunda división, es amenazada por la pérdida de la Verdadera Fe, es invadida por una infidelidad que se hace cada vez mayor. Cuando este Papa haya cumplido la misión que Jesús le ha encomendado y Yo baje del Cielo para acoger su sacrificio, todos seréis envueltos por una densa tiniebla de apostasía que entonces llegará a ser general. Permanecerá fiel solamente aquel pequeño resto que en estos años, acogiendo Mi invitación maternal, se ha dejado encerrar en el Refugio seguro de Mi Corazón Inmaculado. Y será este pequeño resto fiel, que Yo he preparado y formado, quien tendrá la misión de recibir a Cristo que volverá en gloria, iniciando así la nueva era que os espera”. (P. Stefano Gobbi. 13 de Mayo de 1991. Aniversario de la Primera Aparición de Fátima)

Dejemos a un lado las indicaciones temporales que contiene el mensaje que ha trascrito el P. Gobbi. Sólo Dios sabe el día y pretender poner fechas es, como poco, temerario. Fijémonos en la indicación que el P. Gobbi hace del resto fiel. Un resto pequeño, que concuerda con la indicación Joseph Ratzinger en el libro "Informe sobre la fe". La Virgen no se indica que el resto fiel deba hacer nada especial, ni dedicarse a luchar, ni intentar que el designio de Dios no se cumpla por medio de fuerzas humanas, estrategias, marketing o planificación empresarial. La Virgen pide fidelidad y oración para recibir a Cristo cuando retorne a la tierra. Esta "lucha", que no es una "lucha humana", se encuentra reflejada en el Apocalipsis (Revelación). Ahora podemos preguntarnos ¿Qué hacemos promocionando una iglesia activista tipo ONG, mientras que despreciamos la necesidad de oración y profunda confianza en Dios? ¿No estamos andando justo en sentido contrario a lo solicitado por el Señor y Nuestra Madre?

El “humo de satanás”, del que hablaba Pablo VI, tiene gran coincidencia con la “densa tiniebla de apostasía”, que el P. Gobbi reseña. El humo del maligno impide ver y envenena. Genera apostasía y tibieza en la fe. Nos hace creer que la solución es el mundo, cuando la única solución es Cristo. El humo maligno nos separa, nos divide, nos debilita. Asfixia la fe, que parece que pierde todo sentido trascendente. Nos lleva a preferir crear alianzas que cimienten el poder temporal y a despreciar la verdadera unidad interna de la Iglesia.

En este sentido es interesante hablar sobre la soledad del creyente fiel. Una soledad de la que tenemos que ser conscientes y aprender a vivir con ella. La trataremos en el siguiente artículo. 

jueves, 13 de abril de 2017

Una Iglesia pequeña, un resto fiel. Card. Ratzinger

Volvamos a un texto de una entrevista al entonces Teólogo Joseph Ratzinger (Informe sobre la fe, 1968), donde habla del futuro de la Iglesia, una Iglesia pequeña y desprovista de poder:

La Iglesia se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión.

La Iglesia es cada vez más pequeña e irrelevante dentro de los países occidentales. Sólo tiene alguna pujanza en África y en determinados países de Asia. En occidente la fe se ha diluido en la sociedad líquida, reduciéndose a grupos socio-culturales muy en línea con una fe ligera, adaptada y desacralizada. En resumen, caminamos hacia una iglesia católica que se siente muy cómoda dentro del mundo y que se centrará en ser una ONG con “valores”. Valores que incluyen la integración de, al menos, luteranos y anglicanos, para que la unidad aparente nos permita promocionar nuestras actividades solidarias. Esta iglesia postrada ante el mundo encaja con las profecías que la Virgen ha ido mostrando en muchos lugares del mundo.

Para muchos relevantes teólogos y prelados, las diferencias en la fe entre los cristianos han dejado de tener sentido. La sociedad líquida en que vivimos da importancia a la apariencia y desprecia lo sustancial. Desde lo más alto de la jerarquía católica se promueve el intercambio de celebraciones entre católicos, luteranos y anglicanos, indicando que esto es una riqueza. Riqueza aparente, que intenta tapar el vacío profundo que se va abriendo paso en el interior de la Iglesia Católica. Se van dando pasos hacia la intercomunión entre católicos, luteranos y anglicanos, ya que la fe se postula como algo personal que no debe llevar a alejarnos unos de otros. Aparentemente esto podría verse como un logro ecuménico, pero no lo es. Es tan sólo una rendición ante los templos vacíos y la ausencia de vocaciones sacerdotales y religiosas. El vacío se oculta mediante la unidad aparente.

Pero todo esto tiene consecuencias. El creyente vive tiempos de soledad. Las comunidades católicas se han ido convirtiendo en guetos o en páramos desiertos. Los nuevos movimientos ofrecen consistencia en la fe, pero la entienden como un factor pertenencia estricta y en línea con el fundador de la corriente eclesial. Por otra parte, las comunidades parroquiales son cada vez más un páramo volcado en actividades socio-culturales y solidarias. El Espíritu Santo parece que ha dejado de soplar en ellas debido a las incertidumbres provocadas por el enemigo y el humo maligno que nos nubla el corazón

Hay que ser conscientes que hay pocos sacerdotes y estos están dedicados a todo tipo de actividades periféricas. La fe se da por supuesta y se prefiere no entrar en ella para no generar roces que nos separen aún más. La consigna es callar sobre lo fundamental para poder colaborar en lo circunstancial. El modelo de iglesia plural es todo un éxito. Un éxito porque nos quita de encima la necesidad de vivir unidos por misma fe y cimentarla con oración y conocimiento. La pluralidad nos ofrece la oportunidad de proclamar que “aquí cabemos todos”, pero sólo entran los que acepten que este es el modelo. El que discrepe del modelo plural, se excluye/aleja porque genera tensiones y discordias. Se le llama fundamentalista o rigorista y se termina por considerar un corrupto que no merece ni la Gracia de Dios. 

La Iglesia está llamada a ser pequeña, un resto, una pequeña cantidad de creyentes que vivan su fe a partir la profunda fidelidad a Cristo, la Tradición y la Iglesia. Entiéndase como Iglesia a los convocados por Cristo que acuden al Banquete adecuadamente. Estos pequeños reductos de fe se irán concretando en cada sitio y lugar. Habrá personas unidas físicamente, porque puedan verse de vez en cuando. Las personas vivan lejos entre sí, tendrán que vivir su fe por medio de un vínculo virtual y la Comunión de los Santos. Con humildad y llenos de esperanza, encontrando en la Verdad el vínculo que nos una más allá de los kilómetros físicos que nos separen.

jueves, 6 de abril de 2017

El humo de satanás ha penetrado en la Iglesia. Pablo VI

Fue en la solemnidad de San Pedro y San Pablo de 1972, cuando Pablo VI pronunció una frase que, desde entonces, ha venido generando ecos en nuestro ánimo y entendimiento. Para entonces Pablo VI había pasado nueve años largos y complicados gobernando la Iglesia. Los dos primeros años inmerso en el Concilio Vaticano II y los siete restantes, apoyándose en el Concilio para conducir al Pueblo de Dios en un tiempo lleno de incertidumbres y optimismos poco racionales.  En ese tiempo se dió cuenta de que no se cumplían las expectativas optimistas del postconcilio. La sociedad se oponía al Concilio de recreándolo según un entendimiento ajeno al mismo. Aquella recreación se llamó el "espíritu del concilio". Un espíritu que no era de luz, sino de confusión y tinieblas. Pablo VI señaló al humo de satanás y a su penetración en la Iglesia por medio de "una grieta". Benedicto XVI intentó detener al espíritu del concilio con lo que llamó "hermenéutica de la continuidad". Como es lógico, esta hermenéutica fue rechazada e ignorada por la inmensa mayoría de prelados y sacerdotes. En la actualidad la propuesta de buscar la continuidad ha quedado olvidada y enterrada. Leamos las palabras de Pablo VI con tranquilidad, porque hablan de su vivencia directa como pastor universal:

Ciertas corrientes sociológicas de hoy tienden a estudiar a la humanidad, mientras que prescinden de ese contacto con Dios. Por el contrario, la sociología de San Pedro y la sociología de la Iglesia estudian a los hombres señalando precisamente este aspecto sagrado de la conversación con lo inefable – con Dios, con el mundo divino. Se diría que a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia, se confía más en el primer profeta profano —que nos viene a hablar desde algún periódico o desde algún movimiento social— para seguirle y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida; y, por el contrario, no nos damos cuenta de que nosotros ya somos dueños y maestros de ella. Ha entrado la duda en nuestras conciencias y ha entrado a través de ventanas que debían estar abiertas a la luz: la ciencia.

También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.

¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: él Demonio. Este misterioso ser que está en la propia carta de San Pedro —que estamos comentando— y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio —en los labios de Cristo— vuelve la mención de este enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma.

Las palabras de Pablo VI son  clarificadoras:
  1.  Habla de "un poder adverso”, “el demonio”, que ha entrado en la Iglesia por una “grieta”. Pablo VI señala con firmeza que “Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio”.
  2. La Iglesia vive en un “estado de incertidumbre” que se evidencia como “un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe”.
El optimismo del postconcilio no nos ha llevado a una situación mejor que la anterior. En muchos aspectos, estamos peor que antes. Tal como Pablo VI indica, el “ecumenismo” nos aleja en vez de acercarnos. Ninguna de las afirmaciones del Papa son para tomarlas a broma ni para olvidarlas en un cajón cerrado. La situación de la Iglesia no ha parado de degradarse desde entonces, lo que demuestra que el humo del enemigo se sigue extendiendo y provocando ceguera y desesperación. La pregunta que nos podemos hacer es precisamente ¿Qué hacer? Pero ¿Realmente se trata de hacer algo o más bien de vivir la Voluntad de Dios en toda su extensión?

Hay una esperanza que no podemos perder de vista, la promesa de Cristo: “Sobre esta roca edificare mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). En el Apocalipsis podemos ver el triunfo de Cristo sobre los poderes del mundo. Existen muchas profecías que hablan de lo mismo, entre ellas algunas muy actuales, como las de Fátima y La Sallete. Ante estas profecías de la Virgen, la Iglesia no ha hecho más que encogerse de hombros, como si las palabras de Nuestra Señora no tuvieran relevancia ni trascendencia en el día a día eclesial. En todo caso, se ven como curiosidades o excentricidades de los videntes.


En el siglo XX hemos tenido a santos maravillosos como el Santo Padre Pío. Santos que deberían servirnos de modelo para no desesperar. El Padre Pío conocía la deriva eclesial y estaba al tanto de los mensajes que la fue la Virgen fue dejando en diversos lugares. Mensajes que recibía gente sencilla y humilde, no grandes políticos o poderosos prelados. La Virgen no pide activismo ni cruzadas que destronen al príncipe del mundo sino oración y consagración. Destronar al príncipe del mundo es tarea de Cristo no de nosotros. La Virgen no se cansa de pedirnos oración y confianza, que se integran a la perfección en la consagración de cada uno de nosotros. Nos pide esperanza para cerrar todas aquellas fuentes de humo maligno que nos afligen desde hace décadas. Ahora sólo cabe una pregunta ¿A qué esperamos?

jueves, 30 de marzo de 2017

Una especie de Luz. San Agustín

¿Qué es lo que amo, cuando amo a Dios?

No una belleza corpórea, ni una armonía temporal, ni el brillo de la luz, tan apreciada por estos ojos míos; ni las dulces melodías y variaciones tonales del canto ni la fragancia de las flores, de los ungüentos y de los aromas, ni el maná ni la miel, ni los miembros atrayentes a los abrazos de la carne.

Nada de esto amo cuando amo a mi Dios.

Y, sin embargo, amo una especie de luz y una especie de voz, y una especie de olor, y una especie de comida, y una especie de abrazo cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, comida y abrazo de mi hombre interior. Aquí resplandece ante mi alma una luz que no está circunscrita por el espacio; resuena lo que no arrastra consigo el tiempo; exhala sus perfumes lo que no se lleva el viento; se saborea lo que la voracidad no desgasta; queda profundamente inserto lo que la saciedad no puede extirpar. (San Agustín, las Confesiones)

Amar a Dios es amar eso que está, pero no se ve con los ojos del cuerpo. Es amar eso que se siente más allá de los sentidos humanos. Es amar aquello que actúa en todos y todo, pero que estás más allá de la voluntad humana. Amar a Dios es amar el sentido, la Verdad, el Camino y la Vida. Amar a Dios es dejarse encontrar por el Señor en cada instante de nuestra vida. Amar a Dios es buscar las pisadas de Cristo, para que nuestro siguiente paso coincida justamente con su huella. Amar a Dios es olvidarnos de nosotros mismos, para donarse totalmente a Quien es sentido de todo nuestro ser. Amar a Dios es dejarse morir en Él y así vivir verdaderamente esta vida.

jueves, 23 de marzo de 2017

La señal de la cruz. Persignarse

Persignarse significa hacer el signo de la cruz sobre nosotros. Un signo debe tener significado para que el signo sea algo más que una apariencia o un acto casi mágico. Cuando nos persignamos estamos escribiendo la cruz en nosotros. La cruz que cada cual lleva consigo es el dolor humano que todos portamos a lo largo de nuestra vida. Dolor que puede ser profundo y lacerante, pero si lo unimos al dolor de Cristo en la Cruz, no debería hacernos sufrir. Él cargó con nuestras culpas y las ofreció para que vivamos en plenitud.

Cuando trazamos la cruz sobre nosotros, ofrecemos nuestra cruz a Cristo, uniéndonos en oración de ofrecimiento, por medio de la Comunión de los Santos. Nuestro dolor cobra sentido en Cristo, por eso no persignamos y al hacerlo, nos hacemos símbolos de Cristo sobre la tierra. 

Al trazar la cruz sobre mi, uno mi vida a la Cruz en la que la redención tuvo lugar, esperando que Cristo transforme la oscuridad y las sombras, en luz radiante. Al trazar la cruz sobre mi, uno mi vida a la Voluntad de Dios, para que no sea yo quien imponga mi voluntad. Al trazar la cruz sobre mi, me uno a Cristo en su pasión, esperando la resurrección prometida por el Señor.
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